El Quijote de Ilán Stavans, Part III

En un lugar de Massachusetts de cuyo nombre I do not have ni puta idea,  un profesor semi-desconocido de literatura latinoamericana, finalmente consiguió el milagro. Después de muchos años de arduo working completó la translation del Quijote al Spanglish. Yo no sé, qué se  quedaron esta vez esperando los cazadores de grandes empresas que no aparecieron por ningún lado para darle un merecido premio, o al menos una entrada para una silla de tercera en el cinema, plus una Coca-Cola y una caja de las gigant de pop-corn. Y los tragaperras del Guinness deberían tomar nota si no quieren quedarse por fuera de los toldos del éxito y a la retaguardia de este tipo de personajes de tan genuina sensibilidad. 

De verdad que es una delicia. Dan ganas de chuparse los dedos cada vez que pasamos a la siguiente página.  Ahí les va un sample para que entren en calor y manden al menos un e-mail  de aliento y reconocimiento al susodicho:

In un placete de la Mancha of which  nombre no quiero remembrarme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen, who always tiene una lanza in the rack, una backler  antigua, a skinny caballo, y un grayhound para el chaise.

Una vez leída la primera página Cervantes se puso tan contento que sintió que su brazo izquierdo se levantó de las cenizas de Lepanto y le hacía señales de humo en los Cabarets de la imaginación, como gritando que si los piratas de Argel le daban otro chance le gustaría también disfrutar de la lectura de esa tercera parte de la zaga. Había que ver al hidalgo armando el rompecabezas de su larga existencia como si fuera la primera vez que  caía en sus manos el fantasma de la identidad. Y se acicalaba en el espejo de los días como una cabaretera que no está dispuesta a aceptar la edad… y que quiere morir con las botas puestas como les gusta a algunos ilustres hidalgos en el Caribe.

Y de don Quijote, ni que decir.  Se reía a carcajadas como un tonto en fiesta luego de zamparse unos cuantos tequilas y de hartarse  de enchiladas de búfalo. Saltaba como un energúmeno, se arrancaba a tirones los pocos pelos que le quedaban en sus partes más íntimas y se despellejaba a zarpazos los harapos que llevaba hasta quedar completamente desnudo, como Vinicio de Moraes cuando escribía, y dispuesto a bailarse una zamba de enredo en cada una de las astas de los molinos si fuere necesario o requerido para despabilarse de una vez por todas.

Rocinante por su parte no cabía en sus cueros de tanta dicha y se desarrugaba como un juguete electrónico con renovadas energías, dispuesto a no perderse ni una sola secuencia de la película. Los belfos se le hinchaban y se le enrojecían como a un enamorado cogido in fraganti con las manos en la masa y rebuznaba con  una voz que Pavarotti hubiera querido para sí. Entendible, por otra parte, ya que nadie más que él sabe a la perfección que sin literatura no hay caballos.

Sancho y su burro compartiendo como un sancocho andino su unicidad, parecían dos esculturas de Botero a todo lo largo y ancho de la Castellana, Madrid,  unos cuantos años hace,  mirando desde lo alto de su gloria la recua de ciudadanos que se inclinaban a contemplar su divinidad, mientras los  nuevos sirvientes  del papado intentaban recoger todas las camisetas de tan digna escena que se vendían como pan caliente en un derrumbe en una carretera de los Andes.

El burro dejaba escapar sus flatulencias como si estuviera tocando las trompetas del juicio final y Sancho de vez en cuando  hacía una pausa en el show y  se escabullía hasta un kiosco de propaganda donde continuaba escribiendo su segundo tratado sobre las ventajas del pragmatismo. Daba gusto verlo enarbolar la pluma que una vez le había birlado a Cervantes y la forma en que se acariciaba la panza como una mujer preñada, junto a los emisarios del rey que metidos en todas partes como biquini en la raja del culo no  sabían qué hacer con el estrés.

(siga)